Y cada vez pienso más en irme de este lugar, en escapar para siempre y no volver más, en irme sin mirar atrás y sin ser consciente de lo que pierdo… Sin ser consciente y ser capaz de ignorarlo y vivir feliz por siempre.
Y entonces y después de mucho tiempo me pongo música, alta, tranquila pero agitada, perfecta. Y apago la luz y cierro los ojos y respiro y me muevo y hago extraños ruidos al son de la música y mis ojos derraman lágrimas de satisfacción. Y mi cuerpo se relaja, mis músculos lo piden a gritos. Y muevo cada pequeña parte de mi cuerpo por separado, como un todo, con un ritmo. Y me siento mejor, y expreso aquello que no puede decirse con palabras y hasta soy alguien nueva, alguien distinta…
Y hasta esos momentos no soy consciente de lo necesaria que es la música en mi vida, del calor, de la vitalidad y las pilas que me da para poder afrontar lo que me queda, para poder respirar sin que duela, para poder dejar de derramar lágrimas cada minuto, cada segundo... Y no soy consciente porque todos los problemas hacen que se me olvide poco a poco que siempre hay una música perfecta para cada segundo de tu vida, para cada sentimiento, para cada situación y pensamiento. Siempre hay una música perfecta que en sus primeras notas te hace estremecer y sientes como recorre cada parte de tu cuerpo y te sientes completamente parte de ella, como dos cuerpos en uno, como el alma y la mente unidas… Y mejor que cualquier otra cosa en el mundo…
No hay comentarios:
Publicar un comentario