
Un buen día te despierta y de repente no sabes ni cómo ni cuándo has llegado hasta donde estás. No sabes cómo el tiempo ha podido correr tanto y cómo tú has vivido tan poco en esa percepción escasa de tanto tiempo.
Y lo único que aprendes entonces es a decir que sí a lo que antes no te atrevías y a ser consciente de que la vida puede desaparecer en cualquier momento antes tus ojos, sin motivo, sin aviso, sin despedida.
Aunque hace años me sentía la niña más protegida del mundo, creyendo así que todas las soluciones estaban al alcance de los que me engendraron, ahora me siento indefensa ante todo. Indefensa ante la vida y la muerte, ante el peligro, el dolor y la enfermedad. Indefensa ante todo lo desconocido que me haga desdichada.
Y tengo miedo, lo admito, tengo miedo del dolor y el sufrimiento, de la humillación y la desesperación que causan, del deseo de la muerte como remedio al dolor, de la incomprensión del que te rodea. Tengo miedo de ser más débil de lo que pienso, de no poder superar, de hundirme en la miseria y no levantar cabeza. Tengo miedo de sufrir como ella sufre y no ser al menos lo fuerte que ella es. Tengo miedo a volverme loca si todo eso sucede, a dejar de sonreír, a llorar todos los días. ¡Tengo miedo a tantas cosas!
Y todo mi miedo, mi sufrimiento, mi bienestar, está sujeto a la suerte. Suerte a que la vida no te señale con su mano izquierda.
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