
Acaba el año de nuevo, igual que el pasado, soltera y descompuesta. Pero han cambiado muchas cosas en este tiempo tan minúsculo, demasiadas… Y puedo decir que este año no me arrepiento de ninguna de ellas.
He aprendido a querer de verdad a los que me quieren, a elegir a los mejores amigos, a deshacerme de los problemas con dignidad, a disfrutar de los buenos momentos y pasar los malos cómo mejor pueda. He tenido el valor de tomar decisiones difíciles por primera vez y de enfrentarme a algunos fantasmas. He sido capaz de enmendar mis errores antes de que se convirtieran en catástrofes y de decir lo que siento en cada momento, de ser sincera y prudente. He sido consciente de muchos aspectos, ocultos hasta ahora, de la vida y de mi propia vida. He disfrutado comprendiendo que debía hacerlo para compensar cuando no pueda. He gozado de compañía y de soledad, de cariño, pasión, sexo y mimos, de buena música, de amigos, de risas e incluso de llantos, de buenos y no tan buenos momentos. He gozado de sinceridad hacia otros, sinceridad hacia mí e incluso sinceridad conmigo misma. He sido afortunada de tener el perdón de quienes no quería que desaparecieran de mi vida y sobre todo, no he dejado tantas cosas por hacer. He aprendido a admitir mis necesidades, mis errores y mis defectos.
Me siento bien conmigo misma, estoy orgullosa de mis pasos y mi mayor madurez personal. Y aunque echaré de menos el año dos mil once, en este corto tiempo he aprendido que hay que seguir adelante, en las malas y en las buenas. Que hay que levantar la cabeza y mirar atrás con orgullo y al frente con esperanza. Que hay que pensar en nuestros deseos y sortear los impedimentos que puedan cruzarse en nuestro camino. Que a pesar de todo, no importa lo que ocurra más allá de nuestro alrededor más cercano, que de verdad no importan quienes no te importan y que sólo tú puedes ser consciente de lo que ocurre, tan solo tienes que querer.
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