Durante el vuelo que me trajo hasta este lugar perdido en medio de la nada hubo muchas turbulencias. Turbulencias que hicieron que al menos yo y mis otras dos compañeras de fila cerrásemos los ojos, nos agarrásemos al posabrazos con fuerza y pensáramos en la muerte. Por una milésima de segundo sentí miedo y pensé en el hecho de que el fin de mi vida iba a llegar. Pero lo más curioso e impactante de todo fue que el miedo desapareció tan rápido como llegó, que pensé en mi familia y en los dos o tres que más me importan durante demasiado poco tiempo y de repente mi mente se digo a sí misma “tranquila”. La calma invadió mi cuerpo, el miedo había desaparecido antes y no tenía miedo a que todo se acabara. No pensé en lo que no había hecho o lo qué tenía pendiente, no pensé a donde iba ni porque lo hacía… Simplemente pensé en que si sucedía algo no iba a ser consciente de ello, en que no iba a sufrir… En cierto modo, la muerte me alivió…
Bienvenidos y muchas gracias
He aquí mis más recónditos pensamientos, esos que no suelen salir a la luz, esos que te corroen y que solo sacian expulsándolos, compartiéndolos aunque nadie los lea, aunque a nadie les interese. Porque todos necesitamos desahogarnos y, de paso, saber quienes se molestan en comprenderte, en escucharte y en consolarte en la medida de lo posible. Solo espero que quienes por casualidad caigan en las garras de este trocito de mi vida, pequeño pero intenso como el que más, sientan similitud con lo que me vuelve loca día tras día, para así no ser la única loca de este planeta.
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