A veces me siento la mujer más guapa del mundo. Siento que puedo con todo y con todos. A veces me gusto tanto que ni yo misma soy consciente. Tanto que lo daría todo por mí. A veces me como el mundo con una sola mirada y me siento genial.
Y a veces me siento la mujer más desgraciada del mundo, con ningún encanto ni sexualidad femenina. A veces me odio a mi misma por no ser de otra manera. A veces me torturo con todos mis complejos. A veces deseo no existir y me aseguro que es imposible que a un hombre pueda llegar a gustarle mi cuerpo.
Pero lo cierto es que la real es la que no lleva maquillaje, la que se deja los pelos a su aire y viste como le apetece cuando le apetece. La verdadera es la que no le importa lo que piensen de su aspecto y de su forma de ser. La que ignora las críticas, se siente mejor con los piropos y le gustan los hombres que no miran la belleza externa. La que desea poder ser más femenina a veces porque tiene momentos de bajona. La que necesita escuchar que es perfecta para alguien. La que ama a aquellos que odian la falsedad de las chicas delgadas, pintadas y con pelo largo que se llevan delante de un espejo la mitad de su vida y se llenan la boca de palabras insípidas, vacías y superficiales.
Y lo cierto es que a veces no pienso en ello. Y que últimamente me pregunto porque no estoy interesada como antes.
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