Bienvenidos y muchas gracias

He aquí mis más recónditos pensamientos, esos que no suelen salir a la luz, esos que te corroen y que solo sacian expulsándolos, compartiéndolos aunque nadie los lea, aunque a nadie les interese. Porque todos necesitamos desahogarnos y, de paso, saber quienes se molestan en comprenderte, en escucharte y en consolarte en la medida de lo posible. Solo espero que quienes por casualidad caigan en las garras de este trocito de mi vida, pequeño pero intenso como el que más, sientan similitud con lo que me vuelve loca día tras día, para así no ser la única loca de este planeta.

viernes, 24 de agosto de 2012

RODEADOS DE NADIE


Bailamos durante toda la noche. Yo jugaba con su fina y negra corbata. Le queda demasiado bien… Y yo la agarraba con firmeza y tiraba de ella, de él… Tiraba hacia mí, hacia abajo, hasta tener su cara enfrentada a la mía. Y nos besábamos… ¡Toda la noche! Y el jugaba con mi ajustado collar al cuello. Tiraba de mí desde atrás, lo mordía… Hasta que me encontré con mi espalda pegada a la pared, besándonos como locos, tocándonos hasta donde la moral nos dejaba…

Y así decidimos sentarnos, apartados de todos, mirándonos a los ojos, besándonos… Y así no nos separamos en toda la noche… Y yo me encontré sentada en la esquina del sofá, y él estaba de pie, con mis piernas entre las suyas y su trasero enfrentado a mi cara… Ese que tan loca me vuelve… Y comenzó a moverlo, a bajar, a subir… Y mis manos no pudieron evitar tocar sus piernas, agarrarlas, apretarlas mostrando mi excitación… Y entonces se bajó del sofá, se sentó a mi lado, me cogió la cara entre sus dos enormes manos, me besó y condujo mi oído a sus labios… Y sensualmente de ordenó hacer lo mismo para él…

                Yo obediente y encendida, encantada y sumisa le obedecí, mirando antes a todos lados, tímida porque alguien pudiera estar mirándonos… Entonces me di la vuelta dándole mi espalda, entreabrí mis piernas, bailé un poco para él, incliné mi tronco hacia delante, apoyé mis manos en la pequeña mesa y comencé a moverme suave y delicadamente. Y apoyé un pie en el sofá, el otro… Hasta que mi trasero estuvo a la altura de su cara, y lo moví de nuevo, un poco más rápido…

                Y él, con su cara desencajada por la sorpresa y la excitación, posó sus manos en mis muslos, los apretó, las bajo y las subió despacio, palpando mi cuerpo, tocándome, memorizándome, sintiéndome… Me tocó cuidadosamente hasta que su primitividad sustituyó a su civilización, a su fuerza de voluntad… Con una mirada entendimos que era hora de irnos…

Ya no sé cómo llegamos a casa… Fue una tortura, fugaz pero lento a la vez… Deseando desnudarnos y acabar con lo que empezamos. Y me ató las manos a la espalda con esa negra corbata… Y me tuvo como una presa durante un rato, hasta que rendido me miró a los ojos con desesperación, suavidad, cariño, pasión… Mientras me desataba y finalmente, sin quitar sus ojos de los míos me dijo “necesito que me toques…”. Y continuamos mejor que nunca… Y nos colgamos un poco más…

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