Estaba en mi
terraza, trabajando como de costumbre. Entré solo un segundo y cuando volví a
salir vi a una mujer sentada en una mesa, sola… Una mujer que acababa de llegar.
Me acerqué a ella y le pregunté si quería algo. Entonces al segundo mis ojos
divisaron su cara de tristeza, me concentré en ella y mis oídos escucharon sus
insistentes excusas… Me di cuenta de repente de los dos bastones apoyados sobre
la mesa. Ella solo sabía decir “Lo siento, pero necesito sentarme mientras mi
marido va a por el coche”. Se me calló el mundo encima… Y seguía excusándose, y
yo no sabía que decir para que simplemente se quedara tranquila donde estaba,
que comprendiera que no había ningún problema… Y le ofrecí agua, pero la
rechazó...
Entonces entré
más rápido de lo normal, me fui a una esquina escondida, porque mis ojos no
podían contener las lágrimas… Y me cubrí la cara, para que nadie me viera en
ese estado y menos trabajando. Y de repente una compañera se acercó y me
preguntó si todo estaba bien, me di la vuelta y con mi mejor cara y mi mejor
sonrisa asentí… Pero estaba completamente destrozada, quería llorar, gritar y
aparecer en casa por arte de magia, en tan solo un segundo, aparecer en mi
verdadera casa…
Porque siento
que la he dejado sola, tal como esa mujer estaba… Sentada esperándolo a él… Al
que quizás odia más que a nadie en el mundo, pero al que necesita para vivir su
limitada vida… Y día a día, sola, sin nadie que sustituya esos bastones, sin
nadie que se siente a esperar a su lado… Sin nadie que le proporcione el cariño
que necesita, el cariño que se merece… Sin nadie que la llene de besos. Sin
nadie que haga su mísera vida un poco menos desgraciada…
Y estuve pendiente
todo el tiempo, sin que ella fuera consciente. Y vi cómo un coche subía a la
acera, cerca de los veladores… Y casi muero… Y dejé lo que hacía y corrí hacia
ella. Y le ofrecí toda mi ayuda, coger todo lo que llevaba, agarrarse a mí, no
me importaba… Estoy más que echa a ello y quizás hasta lo eche un poco de menos…
Y él vino corriendo, un hombre alto, lampiño, con un poco de barriga, igual que
él… Y me dieron las gracias mil veces, y yo con las lágrimas saltadas de nuevo
quise abrazarlos y decirles que los entiendo tanto… Que nadie merece lo que
pasan, que la vida es dura, aunque ellos lo saben mejor que nadie. Que deben
ser fuertes, que deben seguir adelante, que nunca dejen de luchar contra la
gravedad, aunque finalmente, igual que todos, pierdan la partida...
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