Alguien a
quien siempre tuve un cariño especial le dijo a mi padre una vez "déjala
que llore, que se desahogue". Y a veces me da la sensación de que desde
entonces no he dejado de hacerlo.
Recuerdo ese
día a la perfección. Un día triste para una niña de ocho años y una familia de
lucha diaria a comienzos de desmoronarse, entrando en la desesperación y la depresión. El día
en el que aprendí cosas de la vida que los libros no pueden enseñarte, que solo
la experiencia y el ensayo-error son capaces de aportarte.
Entonces
comprendí a donde nos lleva la vida. A través de un camino de sufrimiento y
dolor. Hacia un destino inevitable, un camino predeterminado para todos, un
final sin vuelta atrás. Fui consciente, quizás entonces, del miedo. Ese miedo
que se apodera de nuestra fortaleza y la convierte en la mayor debilidad que
jamás podamos sentir, miedo sobre todo a perder lo que tienes, lo que quieres,
lo que te aporta seguridad.
Pero ¿Qué es
la muerte sin el miedo? ¿Qué sería si ese sentimiento desesperado que te vuelca
el corazón en una milésima de segundo no existiera? ¿Seríamos crueles e insensibles?
¿Existiría el riesgo, la pasión, el amor o la felicidad? La vida nos pone a
prueba, ¿Para qué? Quizás sea un simple estadio más de algo mucho más enorme.
Aún después de
dieciséis años, el miedo sigue apoderándose de mi. Mi corazón da un vuelco y se
acelera, la adrenalina empuja fuera el cansancio, mi pulso tiembla y mis ojos
se empañan. Pero la experiencia ha cambiado algo en mí. Mi mente ágil hace que
mis pensamientos vuelen con sentido e intenta relajar mi cuerpo. Quizás la vida
y sus derrotas, tristemente, me han hecho asumir que nada dura para siempre...
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