
Hoy en el supermercado, entre limpiabaños y detergentes, me he cruzado con una madre y su hija. La pequeña tendría alrededor de cuatro añitos e iba contentísima contando una historia sobre los reyes magos.
Decía que su amiga del cole los había visto. Que se levantó por la noche y vio como los reyes dejaban sus regalos en el árbol, uno de ellos la vio, se acercó y le dio un beso…
Yo estaba escuchándola anonadada cuando me percaté de que estaba en medio del pasillo estorbando a todo el mundo. Comencé a sonreír y a pedir disculpas, su madre me sonrió cómplice de lo que estaba pasando, se me escaparon unas lágrimas y me fui de allí.
Su historia me recordó a una muy parecida que cuando pequeña me contó una gran amiga. Los labios de esa niña eran los míos contando esa increíble anécdota y esa madre que escuchaba atenta pero despreocupadamente era mi madre.
Me fui pensando en cómo sería tener de nuevo esa edad y creer en tantas cosas imposibles, irreales. Me fui pensando en lo bonita y tranquilizadora que es la inconsciencia y la inocencia. Me fui triste por no poder alejarme de los problemas, feliz porque me volvió a recordar algo precioso de mi infancia y decepcionada por saber que nunca más lo volveré a tener. Me fui deseando tener pequeñas almas a las que poder mentir con esas ilusiones para así saciar mi propia ilusión y utopía.
Hay veces que quiero recordar, añorar, pensar y escribir, pero no puedo. Y cuando menos lo esperas, cosas así de simples te hacen cuestionar tu vida, añorar el despreocupante pasado y apenarte por lo que nunca volverá a ser.
Así que gracias pequeña. Gracias por hacerme volver al tiempo más bonito de mi vida. Espero que disfrutes el tuyo todo lo que puedas y que un día alguien como tú te haga recordar. Recordar lo feliz que eras y lo valioso que es el tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario