
Ojalá todo fuera tan simple como respirar. Fácil, mecánico, continuo… Aunque últimamente hasta eso me cuesta.
Unos decís que sí, otros que no… Y yo no sé ni si quiera lo que digo, ni tampoco lo que escucho. Y por no saber, no sé ni lo que hago, ni lo que escribo, ni lo que pienso…
Aunque creo saber que no necesitaba más cosas en la cabeza. Y puesto que ni lo necesitaba ni me beneficiaban, se suman más cosas a mi limitada y olvidadiza cabecita. Porque así es como me viene todo, a la vez...
Ya tenía bastante con no dormir bien, no tener apetito, estar en un estado nervioso todo el día, no parar quieta, no dejar de pensar y preocuparme, no borrar la cara larga de mi rostro, no disfrutar de lo poco que me queda aquí y estar impaciente cada segundo.
Yo tenía bastante, y por lo mismo se ha presentado la impaciencia extrema, el comecocos y la duda llamando a la puerta de nuevo. O mejor dicho, aporreando la puerta sin cesar.
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